Este artículo data de febrero de 2004.

El Último Samurai.

Tengo que decirlo porque si no reviento. He visto El Último Samurai, y pese a que me fastidian mucho las películas sensacionalistas, tengo que decir que la fui a ver sin prejuicios, tan sólo a disfrutarla y lo cierto es que no me ha defraudado. He oído algunos comentarios de película demasiado lenta, tal vez porque pretende acercarse al cine de Kurosawa, no lo sé.

El caso es que me gustaría escribir unas cuantas líneas para aclarar la situación histórica de Japón tras la revolución "Meiji" ocurrida en 1868. Para ello empezaré a explicar desde 1603 año en que empezó el Periodo Edo.

Japón en 1603 era un país feudal, dominado por los señores de la guerra o shogûn, y concretamente durante el Periodo Edo, Japón fue gobernado por la familia Tokugawa. Si bien el emperador existía, estaba privado de todas sus funciones, y relegado a un segundo plano. Se restringió la influencia occidental y Japón, que años antes se había abierto al mundo, cerró sus puertas, tanto política como económica y religiosamente. Tan sólo chinos y holandeses podían visitar periódicamente el país.

El primer shogûn fue nombrado por el emperador en 1600, Ieyasu Tokugawa estableció el gobierno en Edo (Tokyo) y en poco tiempo se convirtió en la ciudad más grande de Japón. En 1614 se abolió el control y la persecución de los cristianos, se establecieron relaciones comerciales con Holanda e Inglaterra. En aquel momento, la familia Tokugawa gobernaba una cuarta parte del país, y sobrevino un periodo de paz. Los samurai no tenían que luchar y se dedicaban a las artes marciales, la filosofía, el arte, etc.

El siguiente shogûn decretó en 1633 la prohibición de viajar al extranjero, cerró las fronteras y prohibió todo lo referente al extranjero. Durante los siguientes dos siglos, el país vivió sumido en sí mismo. Los samurai vivían según Bushidô, el camino del guerrero, y se convirtieron en la clase acomodada de Japón.

Pasaron los años, hasta que en 1853 arribaron a Japón una flota de vapores comandadas por el Comodoro Matheew Perry, los Tokugawa de buenas o malas formas se abrieron a occidente, aunque muy lentamente.

Una revolución crecía en la sombra. Los partidarios de la restauración monárquica eran cada vez más, y más fuertes. La situación se hizo insostenible, y en 1868 el Shogûn Yoshinobu Tokugawa cedió el poder al Emperador Meiji y se restauró la monarquía. El emperador cambió la capital de Kyoto a Edo, y renombró esta última a Tokyo.

El joven emperador, empezó a interesarse por occidente, pretendía convertir su país en un gobierno democrático, las clases sociales fueron abolidas y se prohibió portar armas. De la noche a la mañana, los samurai, artífices de la restauración, se vieron privados de todos sus derechos, se vieron obligados a devolver las tierras que poseían.

La mayoría acabó con sus vidas, al no tener señor a quien servir ni cómo servirle. Otros se rebelaron pero fueron vencidos por el nuevo ejército japonés, dotado de armas occidentales. El viejo código del honor desapareció. Una forma de vida que se basaba en el honor y en la lucha por la justicia. Los samurai, los que fueron posiblemente los guerreros más preparados y nobles que han existido, dejaron paso a las innobles armas de fuego. Ya de nada servía la técnica de la katana ni su filosofía.

Mientras occidente los soldados luchaban con toscas espadas y pesadas armaduras, en Japón los guerreros utilizaban las armas más mortíferas con las técnicas más refinadas que hayan existido. Aquellos que en su día fueron tildados de salvajes por los occidentales que llegaron al Sol Naciente.

El recuerdo de una época en la que los guerreros se guiaban por el código del honor, no se olvidará tan fácilmente. Y aunque la película intente acercarnos al mundo impregnado de filosofía de la vida en el que se vivía en aquella época, ya es todo un logro, y aparte de algunas fantasmadas que tienen estas películas, para mí El Último Samurai ha sido toda una sorpresa.

— © 2004 Miguel Rodríguez Lago, webmaster —

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